¿Y ahora yo qué?

Fuente: Los Tiempos
*Foto: Una planta en una jardinera de la avenida San Martín que intentó ser retirada para dar campo a un puesto de venta. | José Rocha
Publicado el 10/07/2016 a las 0h00

Fabiana Paz Arnez, Ing. Agrónoma.

En este espacio ya se habló sobre cómo las ciudades funcionan como sistemas “vivos”, lo mal que estamos en cuanto a cobertura vegetal en relación por habitante (9 metros cuadrados menos de área verde de la que deberíamos), la importancia de preservar nuestros árboles nativos por sobre los aberrantes ficus que invaden la ciudad y las normas que actualmente protegen a las especies arbóreas en áreas públicas, entre otros. Y ahora seguro que se debe estar preguntando “Bueno, ¿Y ahora yo qué?”. Ya mismo le explico.

El gran orgullo de nosotros los llajtamasis, además de comer como dioses, siempre fue el de provenir de un valle con clima ideal, una ciudad jardín, gran productora de diversos cultivos dada la fertilidad de sus tierras y su abundante agua dulce.

Sin embargo, la realidad que ahora enfrentamos es otra. Ciudad jardín definitivamente no somos más. La falta de lluvias en gestiones pasadas no recargaron lo suficiente las reservas de agua, lo que provocó que 16 mil familias de agricultores pierdan 15 mil hectáreas de cultivos hasta ahora, porque los meses más críticos de escasez están recién empezando, y a todo esto falta sumarle que la tierra fértil está siendo pavimentada y encima se construyen viviendas para ciudadanos que en nada aportan a la producción de alimentos. Si no está ya preocupado, le sigo explicando.

El parque automotor, responsable de 92% de la polución que nos otorgó el título de una de las ciudades más contaminadas de América por la OMS, sigue creciendo, y como sigue creciendo hay que ampliar calles, hacer puentes y corredores. Pero resulta que gracias a nuestra condición de valle, aquí encerrados entre la serranía, sea por justicia divina o no, respiramos día tras día los mismos gases contaminantes que producimos.

Pongamos de ejemplo sólo el Monóxido de Carbono (CO), una vez en el ambiente, al respirarlo sustituye el oxígeno que la hemoglobina debería llevar desde los pulmones a las células del organismo, y es irreversible.

El mencionado compuesto, además de ser liberado por vehículos, se libera también en grandes cantidades en los incendios que periódicamente suceden en el parque Tunari y lotes baldíos. Ahora tal vez ya no sea una sorpresa el que Sedes anuncie 13 mil casos de infecciones respiratorias agudas (IRAs).

Entonces, resulta obvio e imprescindible proteger a cada una de las especies arbóreas como si fueran la solución a nuestro triste panorama, porque de hecho lo son, y para dicha tarea lo necesitamos a usted.

Ya son bien conocidos los beneficios que traen los árboles a cualquier urbe, desde mejorar la calidad del aire hasta retener el agua en el suelo.

La mejor forma de protegerlos es el control social. Esto implica hacer entrar en razón al vecino que los está mutilando (que seguramente la intoxicación con CO impide que la hemoglobina de su cuerpo ya no oxigene las células de su cerebro), llenarse de voluntad para abrir un poco el cemento de la acera y plantar uno (en lo posible especies maderables y nativas), y por último, dejar de aplaudir tan bobamente el progreso del cemento.

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